Más allá de nosotros,
fuera del cuerpo del que
nos hemos extirpado,
nos contemplamos en el fuego
estrellado de la noche última
y nos preguntamos si un nuevo río
dejará de secarse cuando
no quede de nosotros
más tierra por sepultar
que las raíces de nuestro miedo.
Otras pisadas de nuevas especies
descubran, tal vez,
en esos hoyos donde guarecerse,
el momento idóneo
para no saber jamás
cuántos cielos caben
en una sola de sus manos.
Sin saberlo,
será esa su única esperanza.