Del momento en que agarrabas los Airgamboys y los ponías en dos ejércitos (los indios contra los del séptimo de caballería, los alemanes, los vaqueros y los bomberos juntos),
te ibas cambiando de bando y les tirabas petardos o canicas alternativamente para ver quien ganaba (siempre los confederados, por cierto, por aquello de tocar los huevos), hasta ese otro en el que, de repente, te das cuenta, tirado en el sofá, que tienes delante siete u ocho mandos a distancia y ninguno de ellos tiene la tecla que realmente necesitas, se supone que ha tenido lugar ya lo mejor de tu vida.
Vamos, de traca.