Ya sé, si levanto la vista al cielo
en esta tarde de marzo,
que no debo caer en la trampa
de buscar acordes o signos
en esa débil textura que se abre
silenciosa al amparo, despoblada
de nubes, de toda posible verificación.
Es sólo este poso, tan tenue,
que yace ante mí,
el que desencadena la conjetura,
en el más allá de lo inmediato,
ajeno a todo lienzo o escenario;
qué haré con esta sinfonía
en la que ahora mismo habito,
cuando su red me eleve
y me devuelva a lo anterior,
a lo que queda del aire.