Thursday, March 12, 2009

An open lawn devotion

Estás a punto de empezar un poema
y en Radio Clásica no se les pasa
otra cosa por la cabeza que poner
un fragmento del Clave bien temperado.
De un manotazo, abandonarse
a ese átomo que lo es todo,
que transforma en preludio esta fuga
derramada a contrapunto. Ahí está
Bach de nuevo, cronometrando
la eternidad.

Hay algo que las palabras quisieran decir

Hay algo que las palabras quisieran decir
si tuvieran algún motivo para hacerlo.
Consisitiría, me pregunto, en un grito,
en un manual de uso, en un génesis.
O tal vez la descripción de su impotencia.
O cualquier otra cosa que quisieran decir

si tuvieran algún motivo para hacerlo.

Tuesday, March 10, 2009

Lord, is it mine

Hoy es un día
imprescindible.
Porque sin este,
no habrá ningún otro.
Pero el tiempo…
el tiempo

hace tanto de eso.

Monday, March 9, 2009

Lo único que nos cabe

Kafka nació ocho años después de Rilke y murió dos años antes que él. Rilke contiene, por lo tanto, a Kafka. El por lo tanto sobra pero he decidido escribir a lo loco. Estuvo embarazado de él y se le murió en los brazos. Si Rilke cupiera dentro de un puño, este también contendría a Kafka. Imagínate abrir tu mano y encontrártelos ahí dentro, uno mirando elevado a los límites de la eternidad, y el otro contraído, fijándose en los pliegues de la mano, encontrando en ellos oráculos sobre los que debaten unos señores sin ningún interés en ser descritos ni en pertenecer. Preso de una calma incontrolable el uno, e invisible el otro dentro de una noche que jamás es noche suficiente, no nos cabe ya sino desmoronarnos.

Sunday, March 8, 2009

Elije tu final de aventura

Del momento en que agarrabas los Airgamboys y los ponías en dos ejércitos (los indios contra los del séptimo de caballería, los alemanes, los vaqueros y los bomberos juntos),
te ibas cambiando de bando y les tirabas petardos o canicas alternativamente para ver quien ganaba (siempre los confederados, por cierto, por aquello de tocar los huevos), hasta ese otro en el que, de repente, te das cuenta, tirado en el sofá, que tienes delante siete u ocho mandos a distancia y ninguno de ellos tiene la tecla que realmente necesitas, se supone que ha tenido lugar ya lo mejor de tu vida.

Vamos, de traca.